Meses después de que estallase la pandemia, y de que medio mundo se encerrase en sus casas como hamsters, Ikay Gündogan dijo que esas semanas le enseñaron “definitivamente” a apreciar lo que tiene: la familia y los amigos, “la gente más cercana a mi corazón”. Se le olvidó citar a Sergio Busquets, un catalán larguirucho y veterano, figura indiscutible del corazón pospandémico de Gündogan, por el que el alemán sacrificó lo más importante que tiene: su sentido ofensivo, su llegada al área. Da cuenta eso de la importancia en la Copa del Mundo de jugadores al final de su carrera, de físico sospechoso, de temporadas tristes en sus clubes, que parecen no importar hasta que alguien repara en su número y su nombre; jugadores como Busquets que salen al campo despacio y renqueantes con Mundiales, Eurocopas y Champions en el bolsillo, y barruntan, para que les escuchen los contrarios, viejas batallas de cuando jugaba con Xavi, Iniesta y Messi.

