Habría sido una llegada de dibujos animados, el malo corriendo a cámara lenta mientras el bueno se acelera en su persecución consumiendo metros con sus zancadas mientras el perseguido avanza centímetros, una emoción infantil, si las huellas de la lucha agónica no se hubieran estampado tan dramáticamente en los rostros desfigurados, en las piernas crispadas, de Amanal Petros y Alphonce Felix Simbu, que pelearon hasta el último centímetro en la rapidísima pista de Mondo del Estadio Nacional de Tokio, fabricada para los sprinters, decisiva para los maratonianos.

