El mexicano es supersticioso. No derrama la sal en la mesa, no pasa por debajo de una escalera, si rompe un espejo se preocupa por los años de mala suerte, no adelanta un resultado porque decirlo puede estropearlo; cree en el mal de ojo, en que hay envidia buena y mala, en que lo que hace con el otro se le regresa multiplicado, cree en las maldiciones y en que es posible romperlas obrando bien. El mexicano también es incrédulo. Cuando las cosas van bien, sospecha, qué es esto, por qué, y piensa que no lo merece, entonces el mexicano también es humilde; viendo el juego contra Ecuador este martes, un hombre dijo: “¿en qué momento nos volvimos tan buenos?” y las miradas que se cruzaron asentían sin decir palabras; fascinaba tanto, que alguien comparó a la Selección con un equipo europeo (el mexicano suele admirar a ídolos importados). Y ahí estaba la evidencia de un juego admirable, el recorte impresionante de Gilberto Mora, el tiro a matar de Julián Quiñones, la persistencia incansable de Johan Vázquez, el paradón del Tala Rangel. Corrieron las apuestas en los bares retacados de la capital bajo la lluvia. Y cayó un gol, euforia absoluta, saltos y gritos, y cayó el segundo, más increíble aún, y estaba sucediendo, ahí estaba México avanzando a octavos de final.

