El rugby femenino buscará desde mañana en su décimo Mundial el escaparate para engordar a las selecciones más pudientes y adentrarse en nuevos mercados. Una odisea que lidera Inglaterra, la anfitriona, la primera federación que firmó contratos profesionales a sus jugadoras. La teoría dice que la tirana del Seis Naciones discutirá el título con Nueva Zelanda, su verdugo en las dos últimas finales. Son los transatlánticos de una nómina que incluye a España, unos escalones por detrás, pero con intención de escalarlos. Cada selección va a su ritmo, pero su causa es común.

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