El último Tour, la manera en que ha conseguido la cuarta victoria en la grande boucle ha convertido en un misterio la cabeza de Tadej Pogacar, el ciclista más nítido y previsible. Lleva ya casi dos semanas en Ruanda, y en las calles de la capital, Kigali, colinas a 1.500 metros de altitud, defenderá el domingo el maillot arcoíris que ganó en Zúrich, junto al lago y la lluvia, hace un año. No será el mismo que entonces rompió todos los registros con un ataque a 100 kilómetros que sumió en la desidia y la derrota a Mathieu van der Poel y Remco Evenepoel, sus enemigos jurados. Será, lo ha confesado estos días africanos, el Pogacar cansado y reflexivo, la madurez de los 27 años, que acabó el Tour contando los días. Y, sin embargo, había comenzado su temporada extraordinaria con apetito voraz de caníbal que le llevó a la victoria en las Strade Bianche, Flandes, Flecha y Lieja, al segundo puesto en Roubaix y Amstel, y al tercero en San Remo, en duelos magníficos con Mathieu van der Poel.

