Siendo un milagro en sí mismo, que un equipo haya rescatado con vida a un montañero indio que llevaba tres días atrapado en el fondo de una grieta, podría resultar anecdótico. Hablando del Annapurna (8.091 m), escenario de esta resurrección inesperada que ha conducido a Anurag Maloo desde su tumba de hielo hasta la cama de un hospital, el verdadero milagro es que las muertes no se cuenten a estas alturas de la primavera con ambos dedos de las manos. Por paradójico que parezca, el primer ochomil escalado por el ser humano es también el más mortífero, el que mayor ratio de muertos por cima observa: hasta 2018 se habían registrado 266 cimas y 72 muertes, 37 a causa de avalanchas. Su ruta normal, en la cara norte, es una suerte de ruleta rusa en la que no solo hay que esquivar los campos de grietas, sino torear las frecuentes avalanchas que barren la parte inferior de la montaña. Hace dos semanas, un alud enorme sepultó todo lo que encontró a su paso entre los campos 3 y 2. Fue una suerte (o un milagro) que nadie estuviese en ese momento en la montaña.

