Durante la primera media hora de final la diferencia entre un equipo y otro llegó a ser sonrojante. De salida el Barcelona impuso su superioridad en todos los apartados con pasmosa facilidad: en lo colectivo y en lo individual, con balón y sin él, en el plano táctico y en el físico, por activación y por convicción. Enfrente, el Madrid era una caricatura. Aquello era un baile, un sometimiento por parte de un conjunto con una idea común y la determinación para llevarla a cabo frente a once camisetas desorientadas. Pedri, De Jong y Olmo se multiplicaban en el centro, mientras Tchouaméni, enorme, achicaba agua, Ceballos no aparecía y sólo Bellingham mostraba algo de claridad. Lamine y Raphinha desequilibraban mucho más que Vinicius y un Rodrygo cuya primera parte fue un esperpento. Cómo de mal le vería Ancelotti para sustituirle al descanso. El Madrid se estiró en los últimos diez minutos y la mejor noticia para ellos era que llegaban vivos al entreacto. Todavía había partido.

