Tadej Pogacar asciende las imperiales escaleras, se sienta en el taburete en el foyer neoclásico de la Ópera de Lille y cuando hace una foto con el móvil a las decenas de periodistas que esperan beber de sus palabras —“funny”, musita, divertido, sonriente, carga su responsabilidad de number one único: la ligereza de una libélula en su actuación— es como si fuera Bogart pidiéndole a Sam, tócala otra vez, dale.

Seguir leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *