El ciclismo es apaisado, como el paisaje, como la olas del Cantábrico bruto a las que da velocidad —russsshhhhh, susurra la espuma— el dron televisivo cuando chocan contra la costa de la Mariña lucense como queriendo competir con el pelotón —riiiiiinnnnggggg, chirrían los frenos de disco—, que no es una serpiente, sino un mar en marejada en la última curva de la etapa, cuando ya ha saltado, incontenible, Carlos Canal, gallego de Xinzo de Limia, que gana su primera carrera como profesional junto a la playa agitada de Barreiros, y ya la marea crece y cubre los arenales que bordea la carrera desde Viveiro, Xove, Burela y Foz.

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