<strong>Luka Modric</strong> le dijo esto a <strong>Rodrygo</strong>, desconsolado tras fallar un penalti en la tanda que despertó a Brasil del sueño de la sexta estrella: «No te preocupes, sé fuerte, todos fallamos, habrá más, te quiero, hijo». Antes había saludado a <strong>Neymar</strong>, viejo enemigo, y a <strong>Casemiro</strong>. Gigante en la victoria para protagonizar, cual secuencia de Love Actually, uno de los momentos más sublimes y tiernos del campeonato, el internacional croata te hace pensar que <strong>en este mundo aún es posible triunfar en la piel de una buena persona</strong>, que se puede competir con elegancia al máximo nivel sin ofender, que las manos se tienden no se ponen en las orejas en señal de burla, <strong>que la delicadeza no te hace blando</strong> ni la sutileza débil, que el talento sin esfuerzo no sirve, que el trabajo tiene recompensa, <strong>que se puede ser compañero y jefe</strong>, que a la larga la buena gente prevalece.

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