Fútbol al rescate. Sobre el pecado original de la corrupción y de la sospecha política y social que cayó sobre Qatar, en una ciudad antes que en un país, dentro de una atmósfera artificial y en un mes extravagante para un Mundial, la implacable ganzúa emocional del fútbol se abrió paso y salió triunfante. Se valió de todo: juego variado, sorpresas impactantes, polémicas de todo calado, hinchadas atronadoras, lucha de héroes… Y en la épica Final este espectáculo dramático nos enseñó, una y otra vez, que la gloria y el fracaso caben en un centímetro, en un segundo. Un juego que cuando alcanza su plenitud es porque la cima y el abismo están angustiosamente cerca. Por momentos puede ser ordenado como un desfile militar. En tal caso, el fútbol se pone en modo espera. Por momentos puede ser caótico como un baile de pueblo. Es cuando, desbocado, pierde el control. Entonces le bastan cuarenta minutos para convertir un partido previsible en la mejor Final de la historia mundialista.

