Nacer en Sevilla es algo peculiar. En las familias hay sevillistas y béticos y todos intentan ficharte de niño para sus colores. El primero que lo intentó fue mi padre, Ángel, bético de toda la vida, que me llevó al Benito Villamarín a ver un Real Betis – Real Racing Club de Santander que ganaron los locales por dos goles a cero. Recuerdo que fue durante la Feria de Abril. El campo estaba a reventar. Más tarde, mi tío Pepe, hermano de mi madre y sevillista de cuna, me llevó a un Sevilla FC – Albacete BP, que ganaron los manchegos por cero a dos. Lo más lógico hubiera sido que me hubiese hecho aficionado de las 13 barras, ya que a cualquier niño le gusta más ganar que perder. Pero me hice sevillista. ¿Por qué? Por el ambiente. La afición no paraba de animar y ese escudo que lucía imponente en la fachada del estadio… Aquello me pareció increíble.

