El deporte moderno surgió para sublimar la guerra cuando el mundo aún se movía al son de las guerras entre naciones. Ganar, perder, luchar, odiar al rival, enardecer a las masas, gritar el himno, agitar la bandera: mismo esquema mental con menos sangre en la trinchera. Luego, cuando los Estados abandonaron la manija del mundo y se la cedieron al capital, el deporte posmoderno se alineó con las necesidades del capitalismo global. Ese fue el nuevo destino del deporte profesional: quedar reducido a un objeto de consumo. Viejas camisetas de fútbol manchadas con el patrocinio de dictaduras y casas de apuestas. Mundiales de fútbol disputados en el desierto de Qatar. Supercopas españolas impregnadas con el tufo de petrodólares negrísimos a 6.000 kilómetros de las aficiones.

