En las Langas, provincia de Cúneo, donde ya los Alpes del Piamonte asoman, los cerdos encuentran trufas, los listos hacen chocolate con crema de avellanas, los partisanos pelean contra ejércitos invasores y el arte povera contesta a un mundo inexplicable enfrentando a una Venus neoclásica desnuda a un montón de harapos, responsabilidad histórica que Nico Denz, alemán, “duro e bello pedalatore”, dicen en la RAI, asume con lucidez y precisión. Una fuga de 30, inevitablemente a la greña —la testosterona manda, explican los sabios: todos en un grupo colaboran entre ellos hasta que creen que la supervivencia está asegurada; después, el deseo de todos de proclamarse macho alfa les hace luchar entre ellos—, se rompe sola en una rotonda encharcada. Golpes en la frente de los que ni se enteran de que se les va la etapa. Aceleración sin fin de unos cuantos. Quedan seis, luego tres. Un puerto boscoso duro. En la última recta, en Rivoli, fortísimo, Denz saca de rueda a Skujins y Berwick, los dos que le han aguantado hasta el final, y consigue, a los 29 años, en su sexto Giro y a su enésimo intento, su primera victoria.

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