Puede pasar el tiempo. Pueden pesar los años. Y pueden encontrarse tantas veces como los empareje la fortuna, sorteos, cuadros y torneos, sea cuando sea o sea donde sea, que hay algo de imposible para uno y de garantía para el otro: si Taylor Fritz está delante de él, Novak Djokovic se relame. Nada cambia esta última vez, en la que el serbio exhibe clase en Nueva York (6-3, 7-5, 3-6 y 6-4, tras 3h 24m) y aumenta la brecha entre uno y otro, pues son ya once los duelos y otras tantas victorias para él, el competidor de nunca acabar. El infinito. Tiene 38 años, todavía le pica el orgullo —besitos para los espectadores que intentaban descolocarle— y ahora, otra semifinal en la cartilla.

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