Dembélé ha pasado de caótico a sembrar el caos, inspiración continua que juega con los rivales porque hace lo que le da la gana con el balón entre las botas, futbolista imposible de anudar porque corre que se las pela y desborda talento. Hace poco más de dos décadas, antes de que decidiera cambiar el Camp Nou por el Bernabéu y por unos cuantos millones de más, había un extremo puro en el Barça de apellido Figo que era el ídolo de la hinchada y el temor de los marcadores porque a cada ocasión que encaraba descontaba a su pareja de baile. Una superioridad que no se veía en un extremo -siempre sin contar a Messi- hasta que Dembélé ha aprendido a escoger sobre el tapete. Puede que necesitara alguien que le enseñara, ninguno como Xavi porque su librillo no se entiende sin jugadores pegados a la línea de cal. En esta ocasión, sin embargo, al francés le falló el socio, un Lewandowski que se encalló de mala manera ante el gol, anónimo en los festejos en los tres partidos que suma de azulgrana. Aunque ni siquiera eso le importó a Dembélé, autosuficiente para retorcer al New York Red Bulls.

