A las ocho de la mañana, el Pabellón de Baloncesto de la Ciudad Real Madrid ya estaba listo. Sesenta mesas, sesenta urnas, un censo que arranca en el socio número uno y termina en el 99.989. Dos décadas de espera caben en ese intervalo. A las nueve en punto se abrieron las puertas y la Avenida de Alejandro de la Sota amaneció con colas de socios que habían madrugado para ser de los primeros en ejercer un derecho que llevaba veinte años sin estrenarse.

