<strong>Llegará el día en el que el Sevilla pierda una final de la Europa League</strong>; llegará la temporada en la que el Sevilla (pudo ser este) no se clasifique para una competición europea; llegará el año en el que su grandeza pueda verse pisoteada, por propios o extraños; o, incluso, llegará un tiempo en el que la magia vivida desde hace 17 años sea sólo un lejano recuerdo en la memoria de aquellos que disfrutaron como niños (y le metieron el veneno a los que venían por detrás) cada vez que su equipo se asomaba a una final y levantaba el título con el absolutismo propio de los reyes de otro siglo. Como esos padres que desgraciadamente ya no están y contaron en primera o tercera persona (el abuelo decía…) <strong>las diabluras de la delantera Stuka, los goles de Juan Arza y la genialidad de Ramón Encinas</strong>. Porque las leyendas se construyen con el paso del tiempo. Y el Sevilla ha firmado una obra épica digna de cualquier gran producción, mejor si es literaria. Porque no es lógico que <strong>haya levantado siete de 17</strong>; porque no es posible que cada vez que alcanza los cuartos de final termine siendo campeón; porque escapa a toda racionalidad que un club metido en un lío tremendo hace dos meses mal contados, con el arma cargada del descenso apuntado a su débil corazón, haya sido capaz de recuperarse de tal forma que vuelve a reinar en Europa. ¡A reinar! Para Mourinho la historia no debía tener peso en la final. Claro que la tiene. Siempre la tiene. <strong>La Giralda presume orgullosa por una razón; la ciudad de Sevilla le prestó su nombre por un motivo obvio; en su defensa siempre estará esa banda («la mejor») de admirables locos que hoy lloran de alegría descontrolada</strong>. Por expulsar en su momento ese nervio encogido de sufrimiento que han sentido por primera vez las nuevas generaciones. También de los malos tragos se aprende. Y por mostrarle al mundo que jamás se debe dar al Sevilla por muerto. Y mira que no se aprende… Del uno al siete. Tampoco cuesta tanto.

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