Muhammad Alí flotaba como una mariposa y soltaba puñetazos como coces de mula, y los poetas fascinados describen a Jon Rahm como los puños de Paulino Uzcudun con una batuta de director de orquesta, sensible y rítmica, toque, y, añaden, ya puestos, que la misma batuta delicada vuela armónica en las manos de Carlos Alcaraz que hacen correr la bola a la velocidad de la luz casi, y tan precisa. Fuerza y sensibilidad, demolición y belleza, en la piernas duras y ligeras, ágiles, sincrónicas como si no bailaran sobre los pedales de un órgano, de Tadej Pogacar destroyer, que levanta mínimamente el culo del sillín, casi como un entusiasmado en una sesión de spinning en el gimnasio, casi como Fabian Cancellara en sus días bestias, y en un tramo de 100 metros en la cuesta del Keutenberg saca 30 metros al pegajoso y potente Tom Pidcock, imbatible hace nada en las Strade Bianche, y sonríe, la sonrisa del killer, y gana la Amstel. Un ataque masivo, parangones infinitos, tan atómico como con el que en el tablero de ajedrez Ding sometía a Nepo a la misma hora y a miles de kilómetros, en Astaná.

