El gol es una cosa de no creer. Cuando la pelota rebasa la línea de la portería genera una cantidad y una variedad de sentimientos difíciles de explicar. Está la decepción o el enfado de quienes reciben el tanto. Y está la alegría de los que lo anotan. Esa felicidad se destila en la palabra de tres letras que se grita cada vez que sucede. ¡Gol!, exclama la grada como si fuera un coro. Como si hiciera falta mentarlo en voz alta para que sea verdad y conste en el acta —y que el VAR no arruine la fiesta, claro—. El gol se canta en los estadios, en los salones de casa, en los coches y hasta en ceremonias en las que se consulta el móvil a escondidas. El gol sucede más veces de las que creemos, pero menos de las que nos gustaría —los que son a favor, se entiende—. Y algunos se quedan marcados para siempre en las memorias, de tal manera que los hinchas de fútbol podrían contar la historia de sus clubes —y las suyas propias— a través de los hitos. Hay goles que significan títulos. Y hay goles aparentemente intrascendentes que simbolizan mucho más que una copa. Por eso es importante explicar el contexto en el que suceden.

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