Era la etapa reina. Esa en la que todos los favoritos estaban obligados a enseñar las cartas y en la que el Tour debía comenzar a resolverse, si es que no lo estaba ya. Y en ese escenario, con más de 5.000 metros de desnivel acumulado, con tres puertos terroríficos, bajo un cielo encapotado y con granizo en la línea de meta, emergió un ciclista que ya sabía lo que era triunfar en las alturas: Ben O’Connor.

