Arbeloa sabía exactamente lo que había en juego en Múnich. No era solo una eliminatoria. Era su crédito, su futuro. Sabía que una derrota podía empujarle hacia la salida al final de temporada. Y no se escondió. Se la jugó. Con valor. Con sus ideas. Apostó por el once más ofensivo que podía construir, por el talento incluso a riesgo de perder el control y se salir goleado por un equipo que lleva más de 100 goles esta temporada. Puso sobre el césped un equipo que no entendía de medias tintas: o ganar o caer de pie. Sucedió lo segundo.

