No hay milagros cada año. El Real Madrid cerró en Múnich una temporada horrenda, a la que resta un epílogo tortuoso. Se acabó la Champions a la que se aferraba el madridismo por fe y por cábala, porque sus jugadores les habían dado pocos motivos para ilusionarse. Cayó en un partido grande, mucho más que su temporada, donde se puso por tres veces en ventaja, igualando la eliminatoria y mostrando las costuras del Bayern. Pero una decisión desaforada del árbitro Vincic a una estupidez de Camavinga, que podría enterrar su futuro de blanco, reventó de mala manera un partido bien trabajado que acabó, incluso en derrota, con dos goles encajados en ocho minutos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *