El miércoles pasado se cumplieron dos años desde que Williams anunció la contratación de Carlos Sainz para 2025. La operación se concretó después de un largo cortejo por parte de James Vowles, el director de aquel equipo británico que fue una de las referencias en las décadas de los años ochenta y noventa –siete títulos de pilotos y nueve de constructores entre 1980 y 1997–, y del que ahora solo queda el nombre: la última victoria se produjo hace 14 años, en Montmeló (2012), el día en que Pastor Maldonado se convirtió en el primer venezolano en ganar un gran premio antes de que el taller de la escudería se pusiera a arder, literalmente. Vowles, procedente de Mercedes, donde fue la mano derecha de Toto Wolff, comanda el proyecto de Dorilton Capital, un fondo estadounidense privado cuya propiedad no es fácil de definir, que compró Williams a mediados de 2020. Si bien es cierto que su promesa de recuperación en todo momento ha apuntado al medio-largo plazo, la espera empieza a convertirse en desesperante para Sainz, que dentro de un mes exacto cumplirá 32 años y que es consciente de lo rápido que va el tren del que intenta no caerse.

