El primer día que Miguel Indurain fue mortal en el Tour, un 6 de julio de 1996, 30 años justos hace, llovía en la Madeleine una lluvia heladora y, unos kilómetros más allá, el sol en Les Arcs le pilló abrigado y con las piernas untadas en una crema de pimienta que las calentaba diabólicamente. Francis Lafargue querido le vio la cara y presintió la pájara que seguiría a la deshidratación acelerada que emprendió su organismo. “Si Miguel saca la lengua, minutada”, aventuró, y en mitad del drama todo el mundo se olvidó de untarle las piernas con leche, el único antídoto para la pimienta. Indurain era un friolero que marchaba a energía solar, se ponía manga larga para bajar a cenar en los hoteles, apagaba el aire acondicionado nada más entrar en la habitación y bebía agua del tiempo, nunca hielo. Ganó cinco Tours en tiempos del pleistoceno y quizás gozaría con tristeza más que ninguno del calor que envuelve al pelotón según se aventura en los Pirineos aún verdes, un incendio forestal a su derecha, un sol inclemente sobre sus cabezas después de que las nubes cabalgaran al amanecer, las cunetas vacías como en tiempos del covid, soledades de On the Road surfeando las olas de calor, y Tadej Pogacar, un hombre del frío entrenado para el calor, gana la etapa con una pierna, silbando, dos segundos de ventaja sobre Vingegaard capturados en 200 metros, y cambia el color de su maillot.

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