En Tarragona, en la salida, se habla de cabezas y sentimientos alrededor de los autobuses. Decenas de periodistas sitian el vehículo del Decathlon, donde Paul Seixas se toma un café mirando el jolgorio que le espera. En la puerta, una vigilante, una directora de comunicación, experiodista de L’Équipe, contratada para el Tour con una sola misión: ser el filtro de comunicación del niño de los rizos dorados con el resto del mundo. Un escudo ya estresado antes del comienzo de la segunda etapa, cargada con la adrenalina y la ansiedad de la que lidera a su ciclista.

