A la hora de la verdad, cartas arriba. Se abre la puerta de la segunda semana y, tomada la temperatura del torneo y despedida ya Serena Williams, los ojos se van descaradamente hacia otros dos nombres propios. En Nueva York, estos días, no hay jugador ni jugadora que arrastre tanto como Rafael Nadal, a cuyo paso se generan remolinos con el objetivo de conseguir una foto o una firma. También es muy reclamado Carlos Alcaraz, que enfila sudoroso el mismo recorrido hacia el vestuario de la Arthur Ashe y acepta los selfies, luciendo siempre dentadura. “¡Vamos, Rafa!”. “¡C’mon Carlitos!”. Ambos enganchan, los dos marcan el ritmo. Pasan los días y uno y otro empiezan a crecer: efectivamente, ya están aquí.

