Santi Cazorla, de pie en una de las diminutas cabinas de prensa de Anduva, sonreía por fuera, pero sufría por dentro. Fue capital su concurso en la semifinal, pero una dolencia de rodilla le dejó fuera de la lista en Miranda, el secreto mejor guardado del Oviedo. Que sufran hasta que se enteren, aunque de poco sirvió porque no habían pasado tres minutos y ya estaba el Mirandés por delante. En una final de 180 o más, tenían ventaja los burgaleses nada más empezar. El comienzo soñado de una afición que no quiere despertar.

