Han pasado ocho meses ya, pero cuando habla del podio de París, cuando lo revive, lo recuerda, Rebeca Andrade vuelve a sentir la piel de gallina, y se emociona, y hasta salta alguna lágrima, tanto vivió aquel instante fugaz: Simone Biles a la izquierda, la segunda; Jordan Chiles, la tercera, a la derecha, y ella, en el centro, la primera, y la medalla de oro en el ejercicio de suelo brilla en su pecho sobre el chándal oscuro, y a sus lados, de repente, se agachan en reverencia, los brazos extendidos, las dos norteamericanas, a su diosa, exultantes de alegría las tres, y la pirámide de Bercy, feliz devota de las tres mejores gimnastas de los Juegos, de las norteamericanas, de la brasileña de Guarulhos, la chica de las favelas, de su felicidad. Y la consciencia de que nada volvería a ser como antes.

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