Juan Ayuso azuza a Isaac del Toro y en los montes Sibilinos el sábado construye su personaje. El amigo mexicano, tan bárbara es su capacidad dinamitera, agota a todos los que le siguen en una subida por las tierras desoladas de las Marcas, sísmicas, dolorosas, hacia Frontignano entre la nieve, y hasta Ayuso, soberbio en su maglia aún blanca de mejor joven, sufre cuando se queda solo en cabeza y está obligado a irse solo, a marcar la diferencia. No necesita ni acelerar. A su espalda, todos muertos. Gana la etapa reina, viste la maglia azzurra de líder de la Tirreno-Adriático que el domingo, tras el consuetudinario paseo final y sprint en el lungomare de las palmeras enanas de San Benedetto del Tronto –victoria en la séptima etapa del caníbal de las volatas, pues devora los metros y a sus rivales con su capacidad desbocada Jonathan Milan— se convierte en triunfo final sancionado con el gigantesco tridente dorado de Neptuno, símbolo y trofeo de la carrera de los dos mares. Y el beso más intenso aún a su Trufa, la perrita teckel de pelo duro a la que quiere más aún que a la bicicleta, o así. “Uff”, dice. “Creo que nunca había corrido una prueba tan dura mentalmente, con el frío y la lluvia, pero me ayudará mejorar hacia el Giro porque probablemente vamos a tener algunos días como este y tengo que acostumbrarme”.

