¿Sería imaginable una pitada a Rafael Nadal en su reino de Roland Garros o a Roger Federer en el santuario de Wimbledon? Improbable, muy improbable, de ahí el impacto de lo acontecido en Melbourne, donde a la salida de la pista de Novak Djokovic le acompañan los abucheos; no generalizados, pero sí lo suficientemente audibles y corales como para que prevalezcan sobre los aplausos.

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