El silencio del desayuno es para muchos, para casi todos los ciclistas que cubren sus necesidades comunicativas mirando la pantalla del móvil con cara de mínimo deseo, tan religioso como una misa, y más sagrado. No así para Tadej Pogacar, que entra riendo a las 8.30 y la cafetería del Ibis de Sallanches se alborota de alegría. Un tazón de frosties y cheerios, un bocadillo —media baguete, por lo menos— con jamón york, mantequilla, tortilla francesa y lonchas de queso sándwich, y charla con Marc Soler con voz tan alta, cantarina, que hasta se multiplica en la sala la luz que llega reflejada desde el Montblanc, ni una nube en su cresta, blanco, blanco. Hablan del tiempo, del calor, del día que espera, de lo que habla la gente. Un día más. Un día cualquiera.

