Dice un buen amigo mío que perder en Anfield Road siempre conlleva un doble castigo: la derrota sobre el verde, con todo el dolor posible condensado en el resultado final, y la tortura practicada desde la grada en forma de himno, de canción. Admito discrepancias en cuanto a esto. No me considero ningún monstruo y cada cual es muy libre de emocionarse con todo aquello que le alcance el corazón, pero no me quedaría tranquilo sin apuntar que el You’ll Never Walk Alone me parece la epidemia más persistente de todo el fútbol mundial, una mezcla de religión y karaoke que los aficionados del Liverpool practican en cada partido como sustitutivo anglosajón de la santería cubana.

