Cuando me preguntan sobre qué se siente cuando te retiras del fútbol suelo utilizar una situación de mi vida para ilustrarlo. Situémonos en el 24 de julio de 1992. La antorcha olímpica llegaba a Barcelona tras un recorrido por todo el mundo y anunciaba los JJ OO de Barcelona 92, tan añorados, tan magníficos, tan lejanos como inolvidables, y yo tenía el honor de recoger el testigo de su llama en la entrada al distrito del Eixample, por aquel entonces mi barrio.

