Las horas previas a una final son preciosas. <strong>Y horribles</strong>. Intentas crearte una corteza protectora, inmune a las emociones y a los presagios, <strong>pero en la pulpa estás en ebullición</strong>. Deseando que sea la hora, porque… ¿y si sí?. Deseando que no llegue la hora, porque… ¿y si esta vez no?. Y a 1.200 kilómetros del balón con el que se va a jugar el partido <strong>empiezas tu propia final, tu ritual</strong>. El que no te falla nunca. El que hace que los que no entienden de esto te miren raro.

