Hay derrotas que unen más que las victorias. Son aquellas que generan una mayor carga emocional de la habitual. Y lo hacen por la forma en la que suceden. Puede ser que el contraste entre las expectativas y el resultado final sea tan amplio que provoque un impacto brutal. O que la forma en la que llegan sea el culmen de un partido convertido en una montaña rusa de emociones en las que de la ilusión se pasa a la alegría, de la alegría a la incertidumbre, de la incertidumbre a los nervios, y de los nervios a la confirmación de los temores. Y, con ella, la tristeza. Que irá ligada para siempre al recuerdo de ese instante. Que se pegará a la memoria teletransportando al presente sensaciones del pasado cada vez que alguien cite la ciudad en la que se disputó el partido o el autor del gol fatídico. Fundiendo a negro para siempre otros recuerdos. A cambio, establecerá un nexo difícil de cortar. Más sólido que el de las victorias. Que llegarán. Y sabrán y sonarán distinto.

