Hace no tanto tiempo, el esquema general para trabajar en la renovación del contrato de un jugador era esperar a la mitad de la duración del acuerdo. A partir de su rendimiento y de las opciones de mercado, se empezaba a trabajar en ese momento, junto al agente del jugador, en esa prolongación que se entendía era deseada por ambas partes. Tiempos en los que lo importante para el jugador era cerrar la incertidumbre que sobrevuela siempre que juegas al fútbol, consolidar lo logrado evitando que una lesión grave te haga perder todo lo ganado mediante una buena carrera. Para el club era importante mantener la estructura de ese equipo que tenía un buen rendimiento y de ese jugador que había demostrado su valía en el terreno de juego y que también era un valor en el vestuario. Mejor eso que quedar expuesto a perder al jugador y tener que acudir a un mercado que no siempre te ofrecía lo que tú demandabas. Este esquema se alteraba cuando llegaba una oferta excepcional para una de ambas partes y se comenzaba a trabajar en un traspaso que se entendía bueno para todos y que activaba en el club el conocimiento de su red de scouting para determinar el mejor sucesor para el talento que salía.

