Yo quería contar que la gloria a veces mata. Que ganar un Mundial puede abocar a unas desgracias insospechadas en medio de la euforia y el laurel. Y quería compartir algunas historias. La de Garrincha, el Pelé de las piernas torcidas, que después de ganar los mundiales del 58 y el 62 acabó arruinado, devorado por el alcoholismo, en la indigencia y desamparado en un hospital antes de morir a los 49 años y de que luego se extraviara su cadáver para siempre. También iba a contar la historia de José Leandro Andrade. Tras levantar la primera Copa en 1930, la Maravilla Negra acabó ciego, abrazado al alcoholismo en un triste semisótano de Montevideo, y desnutrido y tuberculoso al morir con 55 años con estas pocas pertenencias: una cama, un armario y sus medallas olímpicas guardadas en una caja de zapatos. Iba, en fin, a contar las andanzas de Bruno Venturini y Mario Genta, dos italianos que ganaron los mundiales del 34 y el 38 y que terminaron como soldados del Duce por los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial para luego regresar viejos y mermados a los campos de fútbol y no ser jamás los futbolistas que un día fueron. Yo iba, ya digo, a señalar la paradoja de ganar un Mundial y verse luego como el inglés George Cohen, al que un cáncer mortal le obligó a vender su medalla de campeón del mundo para poder pagar los tratamientos médicos. Y claro, iba a narrar la vida de Ronaldinho en prisión, la adicción a las apuestas de Buffon, las extorsiones a Pogba, el sinvivir de Maradona, la grave depresión de Ronaldo o la condena a prisión del campeón italiano Vincenzo Iaquinta por transferencia ilegal de armas de fuego, con la mafia calabresa de fondo, tras ganar el mundial de 2006.

