Trampas, trampas y más trampas. Ahora bien, nadie dijo que esto fuera a ser fácil. Nunca puede serlo en Wimbledon, territorio abonado a la campanada y el pelotazo, sea cual sea la escala y esté quien esté a uno y otro lado de la red. El perfil aristocrático del grande británico dista mucho de lo que sucede en la pista, en la hierba: ahí abajo, sobre el manto verde, el juego no entiende de clases. Así que llegan curvas.

