Qué peñazo, otra vez lo mismo. En Tokio fresco y nocturno como en París luminoso y cálido. A los niños les encanta volver a oír una y mil veces el mismo cuento cuya peripecia conocen y disfrutan cuando oyen el final como si fuera la primera vez que se lo cuentan, pero los adultos buscan cambio, el triunfo de lo imprevisto les hace creer que no todo en sus vidas está decidido, que su voluntad puede guiarles por el camino que deseen, y hasta les puede tocar la lotería, y Moha Attaoui, pese a los aires de niño imberbe y el recorte nítido del pelo alrededor de sus orejas, y la frescura en la mirada de un chaval de 23 años, es un adulto en la era del inamovible y fabuloso, de fábula y de excepción, Emmanuel Wanyonyi, al que adorarían los niños en su camita, y también los niños de la calle obligados a mendigar como lo fue él, tirado en Nairobi, porque siempre que afronta una final de 800m corre igual, y siempre gana bajando de 1m 42s (1m 41,86s), un tiempo normal para él, que siempre tiene un cambio oculto en su amplísima caja de herramientas, y deja acercarse a los incautos prometiéndoles caramelitos y les da un guantazo.

