Quizá el error fue pensar que había desaparecido. Durante dos temporadas, el mejor Vinicius apenas se dejó ver en el Real Madrid. Entre el desgaste mental y las constantes críticas, el brasileño fue perdiendo la chispa… y la sonrisa. Seguía teniendo destellos de calidad, pero había dejado de transmitir aquella sensación de amenaza constante que le convirtió en uno de los jugadores más desequilibrantes del mundo. Esa versión, sin embargo, seguía ahí. Escondida, esperando su momento. Y el momento ha llegado en el Mundial.

