La exuberancia del juego de Vinicius empieza a alcanzar ya ese punto desesperante al que llegan algunos genios que consiste en que, pese a que todo el mundo sabe lo que va a hacer, resulta imposible impedir que lo haga. Y lo hace. En La Cartuja ni siquiera necesitó aguardar a que el partido llegara a ese punto de madurez óptimo para sus piernas, cuando él sigue insistiendo a las mismas revoluciones y el resto desfallece. El brasileño destrozó todos los planes, todas las cautelas, antes de que hubieran transcurrido dos minutos. A la primera. Se le cruzó Moncayola, su pareja de la noche, y lo burló. Acudió entonces Rubén Peña, y también se perdió. Mientras lo buscaba, Vini ya había alcanzado la línea de fondo, desde donde puso la pelota atrás, que Rodrygo transformó en el primer gol.

