El primer tiempo de Brasil fue un desahogo colectivo en el que funcionó lo que todos deseaban que funcionara. Después de días de incertidumbre por su tobillo derecho de muñeco hinchable, Neymar apareció en el once. Después de una fase de grupos con una puntería cuestionable, sobre todo contra Camerún, se ajustaron todas las mirillas a un tiempo. Si en los tres primeros partidos necesitaron 57 tiros para tres goles, en los primeros 30 minutos contra Corea marcaron también tres, pero con solo cinco tiros, según las cuentas de Opta. Funcionó todo tanto que después de ese tercer gol, de Richarlison, bailó hasta Tite, la danza del pombo, que popularizó el delantero, y al que prometió ejecutarla si marcaba. “Intento adaptarme a su lenguaje, que es el baile”, dijo luego el seleccionador.

