Las gaviotas grises como el cielo gris anuncian un mar cercano y gris junto a Marsella. Provenza en marzo. Frío. Grillos silenciosos, anegados sus refugios. Lluvia y el pelotón de la París-Niza, desaforado sin Jonas Vingegaard, que se ha ido a su casa con su familia. “Dos caídas sin gravedad”, leía el parte médico de la víspera. Una de las dos caídas era la del líder, que se levanta a 100 kilómetros de la meta con el labio partido, mareos y dolor en la muñeca izquierda hinchada, incapaz. Los médicos le atienden desde su cabriolet pero pese a sus síntomas no le ordenan detenerse como señala el protocolo anticonmoción. Cabezota continúa. Tampoco puede frenar bien, tanto le duele la muñeca, sin fuerza sus dedos.

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