Jonas Vingegaard está tan triste como una tarde de domingo de julio en Boulogne, donde todo el mundo está de paso, como si la costa del canal de la Mancha, sus nubes perpetuas, las tierras planas, y un tren a toda velocidad las atraviesa, solo invitaran a pirarse. Lo hacen los ingleses turistas que van y vienen por el túnel, lo quieren hacer los migrantes que esperan no ser muy tangados por las mafias de pescadores que les cruzan, lo harían los ciclistas si el Tour no les obligara a seguir dando vueltas sin sentido, a favor a veces y siempre en contra del viento. Y todo por un sprint loco a 80 por hora en la Dunkerque tantas veces bombardeada, exhibición de vatios, fortaleza, rabia, adrenalina descontrolada y torpor ligado a horas de viento de cara y calma inesperada del que no saca al pelotón ni siquiera la caída estrepitosa de Jasper Philipsen, y el abandono del primer líder del Tour con una clavícula rota, provocada por el despiste y la torpeza de Coquard, que rebota contra Rex como una bola de billar en una meta volante. Sin Philipsen enseñando a todos la rueda trasera la etapa la gana Tim Merlier, el belga del equipo de Evenepoel, que frustra más aún, por dos centímetros, un tubular, al muy frustrado ya Jonny Milan. Van der Poel sigue líder.

