Las máquinas suelen aceptar la gran mayoría de los peones que su rival humano les regala a cambio de compensaciones inconcretas, que tienen algo de etéreas, como iniciativa, mejor desarrollo, mayor armonía de las piezas o ataque a medio plazo. Lo normal es que se coman ese peón y luego se defiendan con perfección, lo que exige que el ataque sea también perfecto para mantener la compensación. A los humanos acostumbrados a sufrir ante esos monstruos luego les cuesta mucho jugar un gambito de apertura frente a adversarios de carne y hueso.

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