Asociadas al costumbrismo de la alta sociedad, tópico contra el que se rebelan muchos de sus protagonistas, las carreras de caballos conforman un ecosistema hipercompetitivo que se detecta con un simple paseo un día de entrenamiento cualquiera. Los empleados de las cuadras y los jockeys se afanan desde el amanecer, bajo la presión de ganar o ganar, porque al animal, preparado como si de un atleta de élite se tratase, no le falte de nada. A 20 metros de los estilizados y relucientes purasangres, el simple ruido del rodar de unas maletas con material audiovisual perturba su paseo al trote y provoca las llamadas de atención de los jinetes y los preparadores a los reporteros por temor a ser descabalgados, como así sucede con alguno.

