“¿A quién quieres más, Miguel? ¿A Pogacar o a Vingegaard?”, le pregunta uno a Indurain, que espera en el podio del Alto do Castelo, en Rubiá, el momento de coronar de nuevo al danés, etapa solo maillot amarillo sobre los hombros. “Al que gane”, responde el navarro transmutado en gallego, quizás efecto del paisaje de los valles de Valdeorras a sus pies, godellos y mencías, viñas peladas esperando las hojas de la primavera. “¿Pero cuál te gusta más, qué estilo?”, insiste el curioso. “Si es que los dos son iguales. Mira este”, responde el ganador de cinco Tours señalando a Vingegaard, que en esos momentos está haciendo rodillo como lo hacía en el Tour, en la trasera del podio y hablando por teléfono con Trine, su pareja y madre de su hija. “Mira cómo le gusta ganar, tanto como a Pogacar. Ninguno de los dos perdona ni un día. Ganó ayer, ganó hoy y seguramente ganará también mañana, la contrarreloj, aunque Pogacar quizás es un poco más espectacular”.

