Un pelotón sombrío, negro luto los invisibles, colores brillantes los líderes, y Pogacar de todos los colores del arcoíris. Los paraguas de Normandía, otoño permanente en sus playas sea cual sea la estación, y el miedo de los ciclistas. Viento, diluvio en el Atlántico inclemente y carreteras estrechas, rurales, hacia la costa de Ópalo, tantos colores como el pelotón en primavera, tan quebradizo como la cabeza y los huesos de los ciclistas, aparentemente tan poca cosa ante su destino, y sus montículos a repetición. Y tan grandes, llegado el momento, cuando ya las nubes se aclaran y huele a caballas y abadejo junto al puerto, cuando Mathieu van der Poel, el magnífico, que sueña con leones de peluche y no es un robot, y volverá a lucir, como hizo ya en 2021, el maillot amarillo que nunca vistió su abuelo Poulidor, resuelve a su favor la pelea con los más grandes del Tour al final de una cuesta que deja a todos sin respiración.

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