En Cavendish City, ciudad sin piedad, Tim Merlier remonta y frustra a Jonny Milan de nuevo y el rush final ardiente de ambos, como el de Dunkerque, compone un elogio al sprint, tan denostado en los tiempos del ciclismo epiléptico. Y su grandeza se multiplica por 1.000 gracias al genio absoluto de Mathieu van der Poel decapitado, que dio valor de fuga épica e insensata a la travesía llana temida hacia el macizo central. Alcanzar a Van der Poel, en fuga desde el kilómetro cero en pareja con su amigo Jonas Rickaert, robarle 33s en los últimos seis kilómetros, y ya rueda solo, viento de espaldas, espalda doblada, supone tal esfuerzo al pelotón desenfrenado, y pasan todos los equipos al relevo, que convierten la última recta, 1.700m, en un sálvese quien pueda, cada uno con lo suyo y nada más, sin trenes, lanzadores ni codazos. Un pelotón verdugo y loco a los 700 adelanta a Van der Poel. Cerca de los 200, un segundo antes de lo necesario arranca Milan bulldozer por las vallas; por el centro, Merlier mide el tiempo y el espacio, plano en la bici, una hoja de cuchillo corta el viento, arranca y acelera todo en uno, estilista atómico. En 100 metros le saca media bicicleta al friulano.

